domingo, 11 de marzo de 2012

Seducción

Este oneshot de Urian y Phoebe es lo que yo imagino que pasa justo antes de que Cassandra y Wulf llegaran al departamento y los interrumpieran. Espero que les guste y que Urian por fin deje de joder en mí cabeza ordenando que lo escriba ¬¬*

OoOoOoOoOoOoOoOoO
 
Oscura y profunda noche, sin duda el momento perfecto para que, los que son como él, salgan y se alimenten, con el manto protector de la penumbra de su parte.

La madriguera se abrió en medio de unos matorrales, de su interior un alto, esbelto y bien formado hombre, salió a la frescura nocturna. Llevaba el largo cabello rubio recogido en una cola que sujetaba con la ayuda de un cordón de cuero, los ojos eran de un profundo azul glacial, que parecían poder congelarlo todo y su presencia… era la de un depredador.

La sombra, vestida totalmente de negro, parecía encajar a la perfección en el ambiente mortecino de ramas y palos secos. Avanzó despacio, caminando hasta alcanzar el sendero de tierra y piedra abandonado a esas horas de la noche. Hasta que se detuvo frente a una cueva…

Urian suspiró al ver la entrada, cualquier humano que pasara por ahí, si es que llegaba a pasar alguno, creería que era una caverna como muchas otras que habían por los alrededores, pero él sabía la verdad. Nadie creería que justo bajo la montaña se encontraba una ciudad subterránea. Elisia, como la habían llamado, albergaba a una comunidad de apolitas considerablemente antigua. Y era justo el lugar al que se dirigía.

Continuó avanzando hasta el interior y se acercó a una de las paredes del fondo, con mano firmé buscó por la superficie rocosa hasta que encontró la piedra que hizo saltar el mecanismo, revelando una puerta y lo que era un ascensor. Entró en él y presionó el botón para iniciar el descenso. Una vez que las puertas se cerraron y la caja cúbica comenzó a bajar respiró algo más tranquilo. Odiaba tener que usar el cajón pero si abría la madriguera en el corazón de la ciudad corría el riesgo de que su padre lo descubriera todo y era algo que no podía permitir.

La seguridad de su esposa y por ende la de los habitantes de Elisia, era mucho más importante que su desesperación por llegar a casa.

Se recostó contra la pared metálica, los oídos se le taparon por la profundidad a la que se encontraba ahora y supo que faltaba poco. Fijó la vista en un punto cualquiera y pensó en el poco tiempo que había tenido para Phoebe en las últimas semanas.  

– ¡Es una mierda! –Exclamó enfadado. Su padre estaba cabreado porque la heredera se les había escapado nuevamente, claro que él había tenido mucho que ver con la huida…

En cuanto Phoebe se había enterado de que Cassandra, su hermana pequeña, y la criatura que llevaba en su vientre corrían peligro le había rogado que la ayudara a escapar. Y como el tonto enamorado que era, se dejó convencer.

Estaba seguro de que algo fallaba en su cerebro, tenía que estar completamente desquiciado para hacer lo que hizo y engañar a su padre de esa manera. Pero por su esposa haría lo que fuera.

Una media sonrisa asomó a su rostro casi de piedra, Phoebe lo había transformado. Con solo una mirada a su carita angelical, el corazón que creía muerto comenzó a latir nuevamente. Sus brillantes ojos verdes lo hechizaban con tan solo una mirada, y su sonrisa… una de esas preciosas sonrisas bastaba para ponerlo de rodillas. A él. Uno de los  daimons más antiguos.  Un guerrero spati letal.

No cabía duda de que hasta los malos podían ser alcanzados por las flechas de cupido.

Las puertas del ascensor se abrieron y la ciudad quedó expuesta a su mirada. Con paso decidido abandonó el moderno sarcófago y se encaminó hasta la zona residencial donde se encontraba el apartamento que compartía con Phoebe.



El área comercial de Elisia se encontraba bastante concurrida a pesar de la hora; eran a penas las ocho de la noche y los apolitas ya pululaban por todas las tiendas.

Phoebe caminó lentamente hasta el local en el que estaba interesada, no es que no tuviera prisa pero comenzaba a sentirse debilitada. Aun tenía un par de semanas hasta que alcanzara el punto crítico, pero no le gustaba cuando llegaba a ese extremo ya que el hambre era tan poderosa que la convertía en una criatura desconocida. Y eso… la asustaba.

Los ojos se le iluminaron en cuanto divisó el escaparate que buscaba, dejando atrás los malos pensamientos. Las diminutas ropitas de múltiples colores, diseños diversos, pequeños zapatitos y accesorios variados. Las futuras madres apolitas acudían a ésta tienda para elegir el ajuar de sus futuros hijos y su único sobrinito tenía que tener algo especial comprado en ese exclusivo lugar.

– Tan hermoso… –susurró encantada al contemplar las prendas.

Su imaginación comenzó a volar casi de inmediato. En su mente, una habitación tenuemente iluminada, hizo aparición. La silueta femenina que ocupaba el centro de la cama parecía irradiar un resplandor único, pero lo más hermoso era la criaturita que sostenía en sus brazos. Un pequeñín con piel de porcelana, mejillas levemente sonrojadas y manitas apretadas en puños. La mujer depositó un delicado beso sobre la frente del infante y la diminuta boquita pareció esbozar una leve sonrisa. El corazón de Phoebe se aceleró a cien cuando el padre del bebé apareció en su fantasía y toda la escena fue más clara aun. Urian se sentó a su lado y contempló con orgullo el bultito envuelto en mantas azules que ella misma sostenía entre sus brazos.

– ¡Basta! –Exclamó, abriendo los ojos que no sabía que tenía cerrados. Su capacidad para concebir había muerto la noche que se convirtió en daimon y si eso no fuera poco su esposo, al ser un daimon también, era incapaz de fecundarla.

Se alejó de la tienda con el corazón en un puño. No se arrepentía de la decisión que había tomado cinco años atrás pero a veces, como en ese momento, era difícil no echar de menos lo que podría haber sido…



El apartamento estaba vacío. Urian no pudo evitar sentir una punzada de decepción cuando, al ingresa el código y abrir la puerta, Phoebe no saltó a sus brazos como esperaba.

– ¡Demonios!

Aunque tal vez eso fuera una ventaja para él…

A pesar del tiempo que tenían de estar juntos siempre era ella la que organizaba las veladas románticas. ¿Quién si no? Su vena romántica estaba más que seca, es más, no estaba siquiera seguro de tener una…

Con semblante serio se encaminó a la habitación de ambos. Las demostraciones de afecto nunca fueron lo suyo; esa mierda de ramos de flores, cajas de chocolates, dedicar canciones, escribir poemas… y solo los Dioses sabían qué montón de porquerías más. Era un guerrero, no un mequetrefe. Esa sarta de tontería no iba con él.

Pero a Phoebe le gustaban…

Soltó un suspiro e hizo una mueca malhumorada mientras comenzaba a desvestirse. Su esposa irradiaba romanticismo y ternura por donde pasaba y por increíble que eso pudiera parecer le agradaba. Phoebe lo había cambiado en tantos aspectos que apenas y podía creerlo, pero solo ella tenía el privilegio de verlo embarrado con toda esa miel. Si alguien, alguna vez, llegaba a sorprenderlo regalándole flores a su mujer solo por el echo de verla sonreír tendría que desmembrarlo.

Una vez desnudo se encaminó hasta el cuarto de baño y reguló el agua de la ducha hasta que alcanzó la temperatura adecuada. Se metió bajo el chorro, tomó la pastilla de jabón y comenzó a pasarla por sus brazos, pecho y abdomen hasta formar una capa de espuma. La primera vez que Phoebe había planeado algo romántico para los dos había sido en la ducha. Llenó todo el espacio con velas e incienso de vainilla… No tenía ni idea de cómo debía reaccionar así que la dejó hacer y ¡qué noche maravillosa! El empalagoso olor había pasado a segundo plano cuando ella comenzó a repartir caricias por todo su cuerpo. Se puso duro solo de recordarlo.

¿Cuándo había sido la última vez que estuvo dentro de ella? ¿Antes de ayudar a Cassandra y los otros a escapar? Parecía que habían pasado siglos desde que la tuvo entre sus brazos y la espera lo estaba matando.

Si es que la dolorosa erección no lo hacía antes…

Miró cabreado hacia abajo y frunció el ceño. Darse placer a sí mismo estaba fuera de discusión. Quería sentir a su esposa. Saborearla. Y no se pondría un dedo encima a menos que fuera para lavarse.

Finalizó la ducha apresuradamente, se secó y se vistió. Luego, buscó en el cajón de la cómoda hasta que encontró la bolsita con velas rojas que Phoebe guardaba para sorprenderlo con algún “momento especial” como solía llamarlos.

– ¡Parezco idiota! –Refunfuñó ante la idea de lo que planeaba hacer.

Aunque lo pensara en ese momento la verdad era que sorprender a su esposa con el primer “acto espontáneo” en sus cinco años de matrimonio la pondría a levitar de la alegría. Y eso era suficiente compensación para él por comportarse como un bobo.

Ya en la sala abrió la bolsa y observó detalladamente el espacio que tenía delante, tratando de imaginar la mejor manera para distribuir las velitas.

¡¡Era más fácil organizar a los spati que colocar ese reguero de velas!!

Arto de romperse la cabeza con algo tan absurdo las amontonó en puños en los estantes y mesitas que se encontraban alrededor del enorme sofá, las encendió y observó. Justo cuando se daba por vencido con su patético intento de ser algo que no era, la puerta del apartamento se abrió y se congeló en el sitio.



La sorpresa de Phoebe fue tan grande que se quedó sin palabras. Su Uri estaba de pie, en mitad de la sala, con la bolsa vacía de velas fuertemente apretada en su mano derecha, las mismas desperdigadas en un caótico desorden alrededor del sofá y el cuerpo en tención. El brillo tenue que irradiaban aportaba un calor tan acogedor a la estancia que parecía casi mágico.

Entró y la puerta se cerró de inmediato. Urian no la miró. Estaba más rígido que una vara. Y no de la forma en que a ella le gustaba…

– ¿Qué es todo esto Uri? –Preguntó con voz suave, mientras agarraba su puño izquierdo y lo acariciaba para que aflojara el apretón.

Urian se aclaró la garganta antes de hablar.

–  ¿Realmente tienes que preguntar Phoebe? –Masculló, de manera un poco brusca– creo que está muy claro lo que es.

Phoebe contuvo una risita. Lo que tenía delante estaba más claro que el agua pero, como una tonta caprichosa, quería que su marido le dijera lo que era. Suspiró profundamente para serenarse y continuó acariciando su puño hasta que logró abrirle la mano y acariciar la palma. Cuando habló, lo hizo en el mismo tono suave de antes.

– Tal vez, pero yo quiero saber lo que es.

– No me lo vas a poner fácil ¿verdad? –Le preguntó, aunque estaba segura de que su marido conocía la respuesta.

– Claro que no, ¿por qué debería?

Urian volteó a mirarla y entrecerró los ojos. Le encantaba ponerlo en aprietos.

– Intento descubrir si poseo dotes para el romanticismo –dijo, por fin, entre dientes– pero es obvio que no. Al fin y al cabo solo soy un guerrero; mis habilidades consisten en luchar y matar, no en armar tonterías como éstas –abarcó la estancia con la mano para enfatizar su punto.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Lo amaba pero no le gustaba recordar que se encontraba en constante peligro por obedecer las órdenes de su padre. Esa sensación latente de angustia que la acompañaba noche tras noche que él no pasaba a su lado era una tortura, un terrible recordatorio de que su pequeño mundo de felicidad era tan frágil como la misma vida.

Se movió hasta quedar frente a él y levantó la mirada para observarlo. Sus preciosos ojos azules estaban envueltos en un remolino de emociones. Ansiedad. Furia. Temor. Vulnerabilidad. Fue este último sentimiento el que la conmovió y llenó sus ojos de lágrimas. Su Urian nunca había organizado nada como esto y que dejara expuesto a su escrutinio este pedacito de su ser la llenaba de felicidad.

–  No eres solo un guerrero Uri –le dijo mientras colocaba sus manos a ambos lados de su rostro y sus miradas se encontraban– eres el hombre más maravilloso del mundo y te amo.



Urian se quedó sin respiración. Esas palabras tan sencillas hicieron que los latidos de su corazón se aceleraran y la besó. Con ardor y pasión la encerró en un apretado abrazo y unió sus labios en un candente beso que lo puso duro en tiempo record. Los brazos de Phoebe rodearon su cuello y lo atrajeron aun más hacia su boca, devorándolo como él estaba haciendo con ella.

Soltó un leve gruñido de aprobación, la fogosa respuesta de su esposa le encantaba, encendía sus revoluciones más haya del límite y justo cuando pretendía arrancarle la ropa de un tirón y tomarla en la alfombra de la sala como el animal que sentía que era se detuvo y recordó su “plan original”.

Comenzó por disminuir la intensidad de sus labios. El beso pasó de ser mortalmente acalorado a una caricia seductora. Urian se tomó el tiempo de paladear en su boca el sabor de Phoebe, el jugueteo de su tersa lengua que se enredaba con la suya en una danza sedante, casi narcótica. Una de sus diminutas manos subió por la nuca lentamente hasta hundirse en los mechones rubios de su cabello, mientras la otra bajó despacio, acariciando su cuello hasta dejarla inmóvil sobre su pecho para comenzar a desprender los botones de su camisa poco después. No le importaba en lo más mínimo que su pequeña esposa tomara el control de la seducción, siempre y cuando él marcara el ritmo.

Fue aflojando el abrazo casi al mismo tiempo que sus labios abandonaban esa boca pecaminosa, deslizó las manos por las caderas ligeramente redondeadas y ascendió. Mientras su lengua se deslizaba por el esbelto cuello de Phoebe, recorriendo tentativamente la vena que palpitaba ahí, las palmas abiertas de sus manos aprovecharon para colarse por el dobladillo de la blusa y palpar la piel con leves roces, parecidos más bien a toques con una pluma. La mano de su esposa, que soltaba los botones de su camisa, se detuvo justo cuando liberaba el último, paralizada por las cosquillas; la piel que percibía con las yemas de sus dedos comenzó a erizarse, señal de que al cuerpo femenino le gustaba el contacto.

La escuchó suspirar cuando levantó el borde de la blusa y tiró de ella hacia arriba para quitársela; la dejó caer al suelo y observó el par más maravilloso de senos cubiertos por encaje azul que jamás hubiera visto. Depositó un beso en la clavícula mientras las yemas de los dedos recorrían un camino ascendente, erizando la piel, hasta llegar a los hombros. Deslizó las tiras del sostén y las dejó caer a los costados, luego buscó el ganchito de la espalda y lo retiró sin mayor problema. La prenda se desprendió del cuerpo de Phoebe y sus ojos se obscurecieron ante la vista…

Conocía cada centímetro de ese lujurioso cuerpo pero cada vez que la veía sentía como si fuera la primera vez. Su piel cremosa, normalmente resplandeciente, parecía algo opaca, sin duda porque necesitaba alimentarse pero eso no le quitaba hermosura. El par de pezones de un pálido rosa estaban erguidos, excitados, suplicando por las caricias que él ansiaba prodigarles. Bajó la cabeza hasta ese cuello de cisne y con la nariz aspiró el perfume de su piel, fue repartiendo pequeños besos húmedos mientras la aferraba de la cintura y ella se apoyaba en sus hombros que aun se encontraban cubiertos por la camisa desabrochada; cuando su camino lo dejó delante de un indiscreto y erizado pezón tragó con dificultad antes de rodear la areola con su lengua logrando que se irguiera aun más.

– Uri… –Jadeó Phoebe, que se puso de puntillas en un intento por arrimar su cuerpo al suyo.

Sabía que ese primer jadeo implicaba mucho más, era una súplica, una invitación para que tomara todo lo que quisiera. Y así lo haría…

La siguiente vez que acercó su lengua al capullo rosa lo humedeció y jugó con él unos minutos antes de que sus dientes se cerraran a su alrededor y dieran un leve tirón para luego liberarlo. Esta vez escuchó un gemido y sintió las uñas clavarse en sus hombros.

La respuesta de su esposa lo complacía pero la espera lo estaba matando. Estaba dolorido, duro como una roca y su erección luchaba por salir del apretado pantalón que la mantenía prisionera y cruelmente oprimida. Sin embargo el placer de ella era primero que el suyo, sería un idiota si buscara primero su liberación antes que la de ella. Y las incomodidades que estaba pasando valían la pena. Dentro de poco el rostro de Phoebe estaría desfigurado por la pasión y eso no tenía precio.

Cuando por fin capturó con la boca el dilatado pezón, su mano subió hasta cerrarse alrededor del pecho libre y lo amasó, lo masajeó mientras succionaba la pequeña protuberancia y percibía con todos sus sentidos los estremecimientos que recorrían el cuerpo de su amada.



Phoebe sentía como si se estuviera derritiendo, era una caricia tan básica y simple pero Urian lograba hacerla temblar con cosas tan sencillas que a penas y conseguía creerlo.

Su boca abandonó el pezón de su pecho izquierdo y le dedicó la misma tortuosa rutina al derecho. Las mariposas revoloteaban en su estómago mientras la humedad aumentaba entre sus piernas. Sentía que estaba empapada, lista para recibirlo pero él parecía querer hacerlo todo por la vía lenta. ¡Que así fuera!

Con la mente nublada por el placer le dio la orden a sus brazos de que bajaran, arañó levemente ese poderoso pecho y se entretuvo dibujando círculos en sus abdominales con las uñas hasta que consiguió llegar al botón de los vaqueros. Jugueteó con la cinturilla y lo escuchó aspirar bruscamente cuando introdujo los dedos en los bordes del pantalón y le acarició las caderas con el dorso de los dedos. No pensaba tocarlo donde más ansiaba, aun… Su Uri tenía que sufrir lo misma que ella estaba pasando. Retiró los dedos y llevó las manos hasta su fuerte espalda, por debajo de la camisa desabrochada y comenzó a raspar la carne con las uñas despacio, muy lento hasta llegar a la base de la columna. Consiguió que Urian balanceara las caderas hacia ella y frotara ligeramente la tensa erección contra su vientre.

– Phoebe…

– Yo también sé torturar bebé.

Se retiró fuera de su alcance y lo tomó de la mano. Tirando de él lo llevó hasta el sofá, donde lo obligó a tenderse y se colocó a horcajadas sobre su abdomen.

– Más abajo Phoebe –murmuró contra sus labios cuando bajó para darle un beso.

Le sonrió traviesa.

– Aun no Uri –respondió, poniendo su mejor cara de ángel– ahora sé un buen niño y quédate quieto.

Urian frunció ligeramente los labios en lo que seguramente habría sido un puchero de haber continuado haciéndolo, pero no le dio ese gusto. Satisfecha por la forma en que estaban saliendo las cosas se inclinó nuevamente hacia esos sexis labios y lo besó despacio y a conciencia. Recorrió la boca de su marido con la lengua hasta memorizarla por completo y luego se retiró. Beso a beso continuó en dirección sur y cuando pudo percibir los latidos de la vena contra sus labios el hambre la tentó. Abrió la boca y dejó al descubierto los colmillos, listos para clavarse en la tersa piel… cuando recuperó la razón y se retiró. Deseaba hacerle muchas cosas más antes de saciar su apetito.

Se alejó de la vena y repartió besos por el pecho, acarició los costados de los fuertes brazos y dibujó círculos con su lengua alrededor del ombligo. Despacio se movió hasta colocarse entre las piernas de Urian y apoyar las rodillas en el sofá, desabrochó el botón del vaquero y bajó la cremallera. Al instante, la cabeza de su pene se asomó. Se veía brillante y apetecible y estaba a punto de darle un lametón cuando sintió que Urian la retiraba bruscamente, se salía de debajo de su cuerpo y la colocaba en el sofá, donde se quedó sentada y con él entre sus piernas.

La mirada que reflejaban sus ojos prometía muchas cosas, pero fueron sus movimientos rápidos los que la dejaron anonadada. En menos de un minuto le había quitado el pantalón y con una pequeña daga, salida de quien sabe dónde, le desgarró los costados de las bragas azules.

– ¡¡¡Hey!!! –Protestó– me gustaban éstas bragas.

–  Te compraré otras –dijo, mientras tiraba el pedazo de tela.

– ¡No harán juego con el sostén! –refunfuñó y cruzó los brazos sobre el pecho. Urian parecía estar más concentrado en atraerla al borde del sofá que en sus protestas. Se había arrodillado a sus pies y colocado entre sus piernas. Estaba por decirle dónde podía meterse las nuevas bragas cuando los largos dedos separaron sus pliegues. Cualquier protesta que tuviera en mente se esfumó.

Descruzó los brazos y se agarró a los cojines al sentir la suave caricia. Esos dedos juguetearon en la entrada de su cuerpo haciendo que se pusiera más húmeda. Entrecerró los ojos y bajó la mirada para verlo hincado entre sus muslos, con la vista clavada en su centro, totalmente concentrado en lo que hacía. Se mordió el labio cuando el pulgar presionó su punto de placer y lo hizo rotar en círculos, casi al mismo tiempo que un lago dedo de la mano contraria se abría paso en su interior. Arqueó las caderas y respiró con brusquedad. Urian retiró medio dedo y recorrió el borde de su entrada, al tiempo que sus labios besaban ese pequeño capullo palpitante de necesidad.

– ¡Urian! –Jadeó, mientras agitaba las caderas nuevamente.

– Quieta nena –le dijo y sintió cómo su lengua le daba un lametón.

Sí, cómo no… Se dijo a sí misma. Como si fuera tan fácil.

Las manos de Urian le separaron aun más los muslos mientras su lengua se abría paso entre los pliegues de su sexo. Sentía como si la sangre se le transformara en lava dentro de las venas. Estaba ardiendo. Palpitando de necesidad. El calor recorría cada centímetro de su cuerpo y aumentaba con cada lamida de esa lengua que debía ser declarada patrimonio mundial por las habilidades que demostraba. Soltó los cojines y llevó las manos hasta el cabello rubio, donde cerró las manos en puños alrededor de los mechones y así atraerlo aun más a sí misma. Deseaba sentir no solo su lengua, sino también sus labios devorándola.

El primer destello del cielo apareció unos segundos después. Su cuerpo comenzó a convulsionarse por los espasmos de placer, sus paredes internas se contraían y los miembros se le pusieron rígidos en cuanto la vorágine explotó. Todos los sonidos se anularon a su alrededor mientras las sensaciones se magnificaban. Urian exprimió cada gota de su orgasmo hasta que la tuvo pidiendo clemencia.

– Por favor, ¡por favor! –Suplicó jadeante. A penas lograba normalizar su respiración–



Urian rio bajito por la primera victoria que acababa de tener, su esposa lucía aun más hermosa luego de tener un orgasmo. Sudorosa. Jadeante. En busca de aliento. Sus pechos subían y bajaban mientras regulaba las respiraciones.

Pero no pensaba darle tregua.

Colocó las manos a ambos lados de sus caderas y besó su vientre. Phoebe tembló. Siguió subiendo y lamió sus costillas. Ahora un respingo. Continuó, más arriba, y cerró los labios alrededor de uno de sus pezones. Su esposa gimió y lo abrazó con brazos y piernas.

– Aun llevas mucha ropa Uri…

Su mujer aflojó los agarres alrededor de su cuerpo y le quitó la camisa, luego él mismo se quitó el pantalón y se tendió en el sofá con ella sobre sus caderas. Le acarició los pechos mientras Phoebe se frotaba contra él y en un momento de distracción sintió la cálida mano cerrarse entorno a su miembro y darle un ligero apretón. Contuvo el aliento mientras ella lo recorría desde la base hasta la punta frotando, apretando y, a veces, presionando el pulgar contra el glande mientras hacía movimientos rotatorios; pero cuando percibió que ella descendía la agarró por los brazos y la atrajo hacia sí.

– No –susurró en su oído. La besó y colocó su miembro en posición, luego la guio hacia abajo y la penetró.

Ambos jadearon cuando sus cuerpos se unieron al fin, la cavidad sedosa de Phoebe lo envolvía apretadamente, provocando una fricción exquisita. Ella se incorporó y apoyó las manos sobre su abdomen, bajó la mirada y el brillo que chispeó en esas profundidades verdes auguraba éxtasis, placer, un tortuoso camino hacia la liberación.

Phoebe alzó las caderas, retirándolo levemente de su interior y luego lo volvió a tomar entero. Apretó los dientes con fuerza, conteniendo el impulso que lo empujaba a tomar el control de la situación, pero no lo haría, quería que su esposa tomara lo que necesitaba de él. El momento había llegado.

Los movimientos de Phoebe eran lentos, hipnotizantes, lo montaba como si no tuviera prisa y solo quisiera disfrutar. Sus pechos se agitaban frente a él y los tomó una vez más entre sus manos, con los pulgares hizo rodar los pezones y ella se mordió el labio, lo miró con esos hechizantes ojos verdes y aumentó el balanceo. Urian no pudo hacer nada más que acompasar sus caricias al dulce baile que había sido impuesto. Sentía la humedad resbalando por su miembro, lubricando el eje cada vez que Phoebe subía y bajaba. Percibía la ansiedad, el deseo, pero sobre todo el hambre…

La siguiente vez que su esposa se inclinó no fue para besarlo sino para clavarle los colmillos en el cuello.



Phoebe explotó en un millón de pedazos en cuanto paladeó el sabor de la sangre de Urian. Sus paredes vaginales se cerraron en torno a su duro miembro aferrándolo con fuerza mientras la transferencia de almas daba inicio. Su cuerpo comenzó a revivir por la alimentación mientras que el orgasmo se prolongaba más de lo normal y cuando su marido comenzó a embestir, en busca de su propio paraíso los rescoldos de su liberación cosquillearon por todo su ser. Tenerlo enterrado y moviéndose en su interior era tan placentero… Urian era grande y grueso y sabía cómo usar de maravilla la perfección con que Apolo lo había dotado. Aun recordaba la primera vez que la penetró, lo extraño que había sentido la invasión de su hinchado pene, el dolor los primeros segundos pero ahora era lo más natural del mundo, como si los Dioses los hubieran creado uno a la medida del otro.

Continuó bebiendo ávidamente mientras Urian gruñía al alcanzar su liberación. Su sangre era como probar un dulce vino, un pequeño bocado de la ambrosía con la que los grandes Dioses se deleitaban. Lo sintió relajarse bajo su cuerpo pero estaba tan embelesada con el líquido vital que descendía por su garganta que no lo tomó en cuanta.

Lo único que logró separarla de la vena de su marido fue el ruido de la puerta al abrirse y la sorprendida exclamación de su hermana Cassandra. Levantó la cabeza de inmediato y la distinguió en el vano de la puerta mientras, avergonzada volvía a cerrar.

– ¿Qué fue eso? –Preguntó Urian débilmente.

– Una visita inoportuna de Cass.

Sin dar mayor explicaciones se puso en pie y corrió a la habitación, cuando volvió a salir su cuerpo desnudo estaba cubierto por una bata de color rojo. Ni siquiera notó que Urian no la seguía. Se apresuró a la puerta y la abrió un poco para hablar con su hermana y saber por qué había ido a visitarla sin decirle nada, pero Cassandra estaba tan angustiada que lo único que hizo fue decirle que luego hablarían.

Con un suspiro y las mejillas sonrojadas por la congoja de haber sido descubiertos en pleno acto amoroso regresó al interior del apartamento y se centró en su marido.

– ¿He bebido demasiado Uri? –Le preguntó mientras se arrodillaba junto al sofá. Él ya se había sentado.

– Tenemos que alcanzarlos –fue lo único que dijo– no es bueno que el Cazador Oscuro ande por ahí recorriendo la ciudad.

Urian se vistió sin perder un minuto y ella lo imitó pero antes de salir lo tomó del brazo y lo obligó a mirarla.

– ¿Seguro que estás bien? –Interrogó, entrecerrando la mirada.

– Claro nena, ahora debemos alcanzarlos.
– Solo si me prometes algo –le dijo mirándolo seductoramente.

– ¿Y eso sería…?

– Que cuando regresemos yo podré saborearte –y miró significativamente a su entrepierna.

Urian sonrió, mostrando los colmillos y asintió.

– Todo lo que quieras nena.

Con esa promesa en mente siguió a su marido cuando este salió en persecución de su hermana y el Cazador Oscuro.

sábado, 30 de julio de 2011

La Bella Durmiente

Me decían el Príncipe Azul de la habitación 707.  Si tan solo eso fuera verdad…

La conocí seis años atrás en el estudio de danza donde enseñaba.  Hip hop y baile contemporáneo eran mí especialidad, las clases siempre estaban llenas de chicas deseosas de aprender… o de mirar mí trasero, eso nunca lo sabré.

Usualmente me quedaba dos horas más de lo normal para practicar a solas y perfeccionar mis movimientos.  Era y soy un completo solitario, valoro mucho mí espacio personal y odio que lo invadan, pero eso cambió la tarde en que la vi por primera vez…

Con tan solo dieciséis años, largo y brillante cabello rosa amarrado en un cebero moño que dejaba escapar algunas hebras a los costados de su rostro, piel de porcelana y un cuerpo demasiado tentador para su edad… se encontraba danzando en uno de los salones dispuestos para los alumnos.

Ballet…

Ella bailaba ballet con la gracia de un cisne.  Se movía con agilidad y perfección por toda la sala, completamente sumida en su mundo.  Y yo no podía hacer más que quedarme de pie como un tonto observando en las sombras su bella danza.  Totalmente hechizado por el brillo de sus ojos verdes, que no me permitían apartar la mirada… ese pequeño instante fue mí perdición.

Días después me enteré por habladurías que se escuchaban en los pasillos del estudio que la pequeña “prodigio del ballet”, como la llamaban, tenía un nombre igual de hermoso que ella misma.

Sakura.  Haruno Sakura.

Había tomado lecciones desde los cuatro años y participado en innumerables recitales.  Junto a sus compañeros de coreografía, había ganado algunos premios y su innegable talento la hacía merecedora de dos becas para estudiar en las mejores escuelas de danza clásica de Japón.

Solía observarla los martes y jueves de cinco a siete mientras ensayaba una y otra vez escenas de diferentes obras, El Lago de los Cisnes, El Cascanueces, esas dos eran sus favoritas y mientras yo me refugiaba secretamente en un salón y la observaba ella practicaba exhaustivamente.

–Es hermosas ¿verdad? –Esa pregunta me robó el alma la noche en que la escuché.

–Naruto.

Con veintidós años igual que yo Uzumaki Naruto es mí mejor amigo y la razón de eso aun es un misterio… incluso para mí.  Corto cabello rubio, profundos ojos azules, piel morena, complexión física atlética y un metro ochenta de estatura.  Naruto es el dueño del estudio de danza y un charlatán sin remedio.

–Es mí mejor alumna –continuó–.  Y parece que ha llamado tú atención Sasuke.

–No digas tonterías –negué rotundamente, aunque sabía que era una mentira– es solo una niña más.

Cerré la puerta con cuidado y me alejé para tomar mis cosas y marcharme, pero la abierta sonrisa en el rostro de Naruto no me pasó desapercibida.  Se estaba burlando de mí y lo sabía… y odié que me descubriera en un acto tan vergonzoso…

El siguiente par de semanas traté con todas mis fuerzas de ignorar a mí problema pelirosa…pero resultó difícil.

Se me aparecía en todas partes, si parpadeaba y cerraba momentáneamente los ojos ella estaba allí bailando de manera impecable, invadía mis sueños de forma perturbadora, nunca había deseado tanto a una mujer en mí vida y el hecho de que fuera una adolecente de dieciséis años… era para volverse loco.

Pero debía controlarme, sabía que podía… o más bien tenía que hacerlo.  Nunca Uchiha Sasuke persiguió a una mujer en toda su vida, siempre me acosaban ellas a mí y Sakura no sería la excepción… al menos eso era lo que creía…

Un jueves por la tarde cuando terminaba de impartir mis lecciones la puerta de mí salón se abrió y el alma se me cayó a los pies cuando la vi…

Con sus mayas negras, leotardo rosa pálido, zapatillas de ballet blancas, una toalla envolviendo su cuello y su acostumbrado peinado.  Ella se veía fabulosa.

–Disculpe, ¿Uchiha sensei? –Estuve perdido desde el mismo instante en que pronunció mí apellido con esa voz tan suave y cautivadora.

Pero no dejé que ella lo notara.

–Soy yo –le respondí como si no pasara nada.

Ella sonrió.  Kami-sama tenga piedad de mí… ella podría matarme si continua sonriendo de esa manera.

–No quiero molestarlo –dijo tímidamente– pero el reproductor de discos de la sala donde estoy no funciona.

La acompañé al salón y revisé el equipo, pero a los pocos minutos de estar intentando hacerlo funcionar y sin éxito recordé que Naruto me había dicho que debía reemplazar ese reproductor; así que hice lo único que se me ocurrió hacer en ese momento.

–Puedes utilizar el de mí salón –dije en un tono neutral– es la única solución ya que los demás salones están cerrados y tú y yo somos los únicos en el edificio.

No me perdí ni por un minuto el bello escarlata que apareció en sus mejillas, fue la cosa más fascinante que alguna vez hubiera visto.  Y claro que estaba mintiendo… Naruto estaba en su oficina pero algo me impulsó a mentirle en ese momento.

Pero había algo que deseaba más que nada en el mundo y era verla bailar sin tener que esconderme de ella, admirar sus gráciles movimientos con total libertad.  Eso era lo que deseaba.  Y lo conseguí.

Esa noche comenzó nuestra historia…

Los siguientes meses fuimos inseparables, la observaba practicar a diario y ella asistía a mis clases.  Solía acompañarla a su casa luego de que terminara sus ensayos.  Salíamos juntos y no tardó mucho en que me diera cuenta de lo enamorado que estaba de Sakura y que también ella lo estaba de mí.

Como un adolescente al igual que ella nos besábamos a escondidas en los pasillos del estudio, nos dejábamos mensajes secretos en nuestros casilleros y nos llamábamos a menudo.  Mí novia.  Sakura era mí novia y la mujer que había robado mí corazón ¿quién lo hubiera dicho?

Pero no todo en nuestro mundo era completa alegría.

¬–Me estás metiendo en problemas Sasuke –debía darle crédito a Naruto, tal vez en ésta ocasión tenía razón.

–Hmp…

Aun que… que lo admitiera para mí mismo no quería decir que lo hiciera frente a él.

–¿Podrías decir algo más aparte de ese estúpido monosílabo?

Claro que podía, pero lo que tenía para decirle no le iba a gustar nada… y solo para hacerlo enojar debería decírselo…

–Los padres de Sakura quieren que te eche –continuó, al ver que yo no le diría nada– pero es algo que definitivamente no haré.

–Gracias.

Naruto suspiró, como si le costara mucho decir lo que tenía que decir.  Estaba sentado detrás de su escritorio usando su atuendo normal de un día de trabajo; camisa sin mangas naranja y un pantalón de buzo negro con franjas naranja a los lados.  Yo vestía de igual manera, solo que todo mí atuendo era en negro y las franjas de mí pantalón eran en gris.

–Tienes dos opciones –me dijo en un tono serio que utilizaba pocas veces– o terminas tú relación con Sakura o convences a sus padres de que no eres un depravado sexual que solo quiere acostarse con su hija.

La respuesta era simple…

–Convenzo a sus padres.

Nunca antes había estado tan determinado en hacer algo.  Mí principal objetivo era convencer a los padres de Sakura y hacerles ver que nuestra relación era seria y no un simple juego.

Me reuní lo antes posible con los señores Haruno, hablamos y nos sentamos a negociar como personas civilizadas hasta que llegamos a un acuerdo.  Horas de visita, salidas cronometradas y niñeras cada vez que la acompañaba en su casa.  Nos estaban tratando como niños pequeños…pero con tal de estar con Sakura todo valía la pena.

Sin embargo, nuestra relación estaba destinada a tratar de superar incontables obstáculos… en ese momento no sabía qué tan certeros eran mis pensamientos.

–Sasuke-kun no me quiero ir –el día en que escuché esas palabras casi me desmorono por dentro– no quiero mí beca si no puedo estar contigo.

La tomé en mis brazos y la sujeté con fuerza contra mí cuerpo.  Esa tarde la había llevado a la playa, a un lugar escondido del que nadie sabía y que descubrí por casualidad cuando tenía la edad de Sakura.  Un pequeño pedazo de arena al que solo se tenía acceso entrando por una cueva que solo era levemente visible cuando la marea era baja.  Con enormes paredes de rocas a nuestro alrededor, la luz del sol nos entraba desde la cima descubierta, habían pequeños corales adornando el lugar y una ligera cantidad de vegetación.

–Eso no pasará Sakura –le aseguré mientras besaba su frente– encontraremos la manera.

La besé con toda la pasión de la que era presa en ese momento y fui correspondido de la manera más dulce.  Nos tendimos sobre la manta que había llevado y la hice mía por primera vez.

Los meses continuaron su curso y con ellos se acercaba peligrosamente la fecha en que se llevarían a Sakura a Tokio para sus estudios avanzados en ballet.  Así que sin ánimos de perderla una tarde me reuní con su familia para atarme la soga al cuello…

–Deseo casarme con Sakura.

La expresión de todos fue un poema… pero la única que reaccionó con un grito y un muy bien venido beso fue ella, mí bailarina.

–¿Estás loco? –Había dicho su madre– está por cumplir los diecisiete años, es una niña.

–¡No lo soy! –Había protestado Sakura indignada– ya soy una mujer.

–Mantén la boca cerrada jovencita –advirtió su padre con severidad– y si piensas hablar controla tú tono.

El puchero que había echo fue tan hermoso que me provocó besarla, pero definitivamente no podía… al menos no frente a sus padres.

–Es una petición muy seria la que vienes hacer –habló el padre– ¿Estás consciente de que podrías arruinar el futuro de Sakura? Ella tiene una beca para estudiar en Tokio.

–¿No pretenderás que abandone sus sueños para casarse contigo o sí? –Atacó la madre antes de que yo pudiera decir nada– solo un hombre egoísta pondría sus sueños antes que los de su pareja.

–¡Yo me casaré con él! –Se escuchó la afirmación de Sakura– yo amo a Sasuke mamá y dejaré todo si con eso consigo estar a su lado.

¬–Pero hija…

–No hay necesidad de eso señor y señora Haruno –dije interrumpiendo las palabras de la madre de Sakura– mí familia es de Tokio, hablé con mí hermano y él todavía conserva mí viejo departamento –el rostro de Sakura se iluminó con mí noticia– además uno de mis viejos amigos me dará trabajo en su empresa de diseño, dar clases de baile no es lo único que sé hacer.

Ante esto no hubo nada qué decir.  La insistencia de Sakura fue tal que sus padres no tuvieron más opción que aceptar nuestra inminente boda.

Un mes después de su cumpleaños número dieciocho nos casamos y ese mismo día nos trasladamos a vivir a Tokio.

Éramos felices.  Sakura asistía regularmente a sus clases de danza clásica y yo trabajaba todo el día.  Por las noches nos reuníamos en nuestro departamento y hacíamos el amor hasta no poder movernos más.  Dormíamos abrazados el uno al otro, respirando el mismo aire, dándonos calor.  Fue nuestra mejor época.

Hasta esa fatídica tarde…

La víspera de nuestro cuarto aniversario de bodas Sakura conducía rumbo a nuestra ciudad natal.  Sus padres deseaban hacerle una pequeña celebración por su cumpleaños número veintidós y claro está, por nuestros años de casados.

Por motivos de trabajo yo no podía irme con ella, así que le pedí que me esperara, que viajáramos juntos el mismo día de nuestro aniversario.  La fecha caía viernes y tendríamos el fin de semana para los dos, el domingo podríamos regresar a Tokio sin problema, juntos, sin tener que llevar ambos autos.  Pero ella era necia, discutimos como nunca lo habíamos echo antes y se fue sin esperarme.

–Espero que mañana estés de mejor humor –fueron sus últimas palabras para mí.

Yo por mí parte no le dije nada.

El clima era espantoso, llovía torrencialmente y la carretera era poco visible.  Sakura no vio el tráiler que venía en sentido contrario hasta que fue muy tarde.

Luego del accidente la trasladaron al mejor hospital de Tokio en condición delicada.  Sus padres se reunieron conmigo allí.  Y en ese lugar fue donde nos enteramos del secreto que guardaba mí pequeña esposa.

–Tiene ocho semanas de embarazo –había dicho el médico a cargo dejándonos a todos en shock– la tenemos bajo control, pero está en coma.

Sus palabras nos robaron el aliento.  El bebé se había salvado de milagro pero Sakura no despertaba y no se sabía si lo haría alguna vez.

–La podemos mantener estable hasta el término de su embarazo –dijo informándonos acerca de las opciones– pero si no despierta luego del nacimiento de la criatura me temo que tendremos que desconectarla.

Desconectarla…

Esa palabra atormentaba mis pensamientos.  ¿Cómo podía quedarme sin mí corazón? Por que eso es lo que Sakura era para mí.  Mí corazón.  Mí alma.  El aire que respiraba.  Mí razón de vivir.

Decidimos que el embarazo de Sakura debía continuar aunque ella estuviera sumida en sueños.  Todos conservábamos la esperanza de que despertara… algún día.

Su habitación era la 707.  Procuraba visitarla todos los días sin falta, solía leerle libros y llevarle tulipanes.  Eran sus favoritos.

–Es él –escuché el murmullo de una de las enfermeras– El Príncipe Azul de la habitación 707.

Ese tipo de habladurías ya eran parte de mí vida cotidiana, así que cada vez que las escuchaba simplemente las ignoraba y seguía con mí camino.

A los pocos meses de estar ingresada Sakura en el centro hospitalario el personal que la atendía comenzó a llamarla “La Bella Durmiente” y por ende yo terminé siendo su príncipe.  Pero no me sentía como tal.  Mí silencio en nuestra última discusión me atormentaba lacerando la herida en mí corazón.  Me sentía devastado.

Los mese fueron pasando y el día en que nació mí hija por fin llegó.  Una hermosa bebita de cabellos rosa y ojos verde grisáceo, piel pálida y hermosa sonrisa.  Saki fue el nombre que le di por que significa esperanza, deseo, anhelo.  Y eso es lo que yo guardo celosamente en mí interior.  La esperanza, el deseo y el anhelo de que su madre se recupere.

Pero a pesar de todo Sakura no despertó.

Los años pasaron y crié a Saki por mí cuenta.  Solo.  Como siempre había estado.

Los sueños me atormentaban cada noche con imágenes del pasado, recuerdos de los mejores momentos al lado de mí Sakura.  Sus besos, sus caricias en mí piel, el roce de su cuerpo contra el mío.  Añoraba esos momentos más que a nada en ésta tierra y los atesoraba con fervor.

Los años transcurrieron, la vida siguió su curso y yo tuve que hacer lo mismo.  Nuestra hija tenía cuatro años ya y mí Sakura seguía encerrada en la profundidad de sus sueños.  Con grandes esfuerzos había logrado mantenerla con vida pues los médicos se negaban a eso; ellos habían perdido la esperanza de que despertara pero yo la mantuve… hasta el día en que ella cumplía veintiocho años…

–Es imposible mantenerla con vida por más tiempo Uchiha-san –fueron las palabras exactas del médico.

Me retiré a mí casa con un nudo en la garganta, la desconectarían de todos los aparatos en dos días y yo podía sentir como mí alma empezaba a morir de antemano.

Me negaba a perderla, pero ¿qué podía hacer? Sakura no despertaba y era inadmisible seguir manteniéndola con vida.  Debía aceptar su pérdida y continuar adelante.

El tiempo desapareció de tal manera que los dos días llegaron en menos tiempo de lo que yo realmente deseaba.  Esa mañana llevé a Saki conmigo al hospital para que se despidiera de su madre.  Para decirle adiós a la mujer que nunca conoció realmente.

–¿Ya supiste? Hoy es el último día del príncipe en el hospital –los comentarios iban y venían, carcomiéndome por dentro.

–A La Bella Durmiente la van a desconectar –un susurro más en los pasillos, una herida más en mí alma.

–Dicen que la princesa nunca la conoció –y eso era lo que más me dolía, que Saki nunca conoció realmente a su madre… y ya no lo haría.

Entramos juntos en la habitación 707, que tan bien conocíamos.  Senté a Saki en la orilla de la cama para que pudiera acariciar el rostro de su madre y besarla por última vez.  La escena formó un nudo en mí estómago.

–Te quiero mamá –le dijo con lágrimas en los ojos– y no quiero que nos dejes.

Mis propias lágrimas pugnaban por salir pero las retuve.  Debía ser fuerte por mí hija, si me derrumbaba ahora sería imposible para mí el reponerme.

–Te hice éste dibujo –la vi desdoblar una hoja de papel donde había dibujado un retrato de los tres juntos, tomados de la mano bajo la luz de un brillante sol– quiero que despiertes mamá…

Sus lágrimas se derramaron de manera abundante y se aferró a Sakura con tal fuerza que pensé que no la soltaría jamás.  Una diminuta gotita salada corrió desde mi ojo derecho hasta la mandíbula.  Mí corazón se apretó con tal fuerza que no supe si podría seguir resistiendo.

Hasta que lo impensable pasó.

La mano de Sakura que yo mantenía entre las mías se apretó, sus bellos jades se abrieron a la luz nuevamente, obsequiándonos el mejor regalo de todos.

Su vida.