sábado, 30 de julio de 2011

La Bella Durmiente

Me decían el Príncipe Azul de la habitación 707.  Si tan solo eso fuera verdad…

La conocí seis años atrás en el estudio de danza donde enseñaba.  Hip hop y baile contemporáneo eran mí especialidad, las clases siempre estaban llenas de chicas deseosas de aprender… o de mirar mí trasero, eso nunca lo sabré.

Usualmente me quedaba dos horas más de lo normal para practicar a solas y perfeccionar mis movimientos.  Era y soy un completo solitario, valoro mucho mí espacio personal y odio que lo invadan, pero eso cambió la tarde en que la vi por primera vez…

Con tan solo dieciséis años, largo y brillante cabello rosa amarrado en un cebero moño que dejaba escapar algunas hebras a los costados de su rostro, piel de porcelana y un cuerpo demasiado tentador para su edad… se encontraba danzando en uno de los salones dispuestos para los alumnos.

Ballet…

Ella bailaba ballet con la gracia de un cisne.  Se movía con agilidad y perfección por toda la sala, completamente sumida en su mundo.  Y yo no podía hacer más que quedarme de pie como un tonto observando en las sombras su bella danza.  Totalmente hechizado por el brillo de sus ojos verdes, que no me permitían apartar la mirada… ese pequeño instante fue mí perdición.

Días después me enteré por habladurías que se escuchaban en los pasillos del estudio que la pequeña “prodigio del ballet”, como la llamaban, tenía un nombre igual de hermoso que ella misma.

Sakura.  Haruno Sakura.

Había tomado lecciones desde los cuatro años y participado en innumerables recitales.  Junto a sus compañeros de coreografía, había ganado algunos premios y su innegable talento la hacía merecedora de dos becas para estudiar en las mejores escuelas de danza clásica de Japón.

Solía observarla los martes y jueves de cinco a siete mientras ensayaba una y otra vez escenas de diferentes obras, El Lago de los Cisnes, El Cascanueces, esas dos eran sus favoritas y mientras yo me refugiaba secretamente en un salón y la observaba ella practicaba exhaustivamente.

–Es hermosas ¿verdad? –Esa pregunta me robó el alma la noche en que la escuché.

–Naruto.

Con veintidós años igual que yo Uzumaki Naruto es mí mejor amigo y la razón de eso aun es un misterio… incluso para mí.  Corto cabello rubio, profundos ojos azules, piel morena, complexión física atlética y un metro ochenta de estatura.  Naruto es el dueño del estudio de danza y un charlatán sin remedio.

–Es mí mejor alumna –continuó–.  Y parece que ha llamado tú atención Sasuke.

–No digas tonterías –negué rotundamente, aunque sabía que era una mentira– es solo una niña más.

Cerré la puerta con cuidado y me alejé para tomar mis cosas y marcharme, pero la abierta sonrisa en el rostro de Naruto no me pasó desapercibida.  Se estaba burlando de mí y lo sabía… y odié que me descubriera en un acto tan vergonzoso…

El siguiente par de semanas traté con todas mis fuerzas de ignorar a mí problema pelirosa…pero resultó difícil.

Se me aparecía en todas partes, si parpadeaba y cerraba momentáneamente los ojos ella estaba allí bailando de manera impecable, invadía mis sueños de forma perturbadora, nunca había deseado tanto a una mujer en mí vida y el hecho de que fuera una adolecente de dieciséis años… era para volverse loco.

Pero debía controlarme, sabía que podía… o más bien tenía que hacerlo.  Nunca Uchiha Sasuke persiguió a una mujer en toda su vida, siempre me acosaban ellas a mí y Sakura no sería la excepción… al menos eso era lo que creía…

Un jueves por la tarde cuando terminaba de impartir mis lecciones la puerta de mí salón se abrió y el alma se me cayó a los pies cuando la vi…

Con sus mayas negras, leotardo rosa pálido, zapatillas de ballet blancas, una toalla envolviendo su cuello y su acostumbrado peinado.  Ella se veía fabulosa.

–Disculpe, ¿Uchiha sensei? –Estuve perdido desde el mismo instante en que pronunció mí apellido con esa voz tan suave y cautivadora.

Pero no dejé que ella lo notara.

–Soy yo –le respondí como si no pasara nada.

Ella sonrió.  Kami-sama tenga piedad de mí… ella podría matarme si continua sonriendo de esa manera.

–No quiero molestarlo –dijo tímidamente– pero el reproductor de discos de la sala donde estoy no funciona.

La acompañé al salón y revisé el equipo, pero a los pocos minutos de estar intentando hacerlo funcionar y sin éxito recordé que Naruto me había dicho que debía reemplazar ese reproductor; así que hice lo único que se me ocurrió hacer en ese momento.

–Puedes utilizar el de mí salón –dije en un tono neutral– es la única solución ya que los demás salones están cerrados y tú y yo somos los únicos en el edificio.

No me perdí ni por un minuto el bello escarlata que apareció en sus mejillas, fue la cosa más fascinante que alguna vez hubiera visto.  Y claro que estaba mintiendo… Naruto estaba en su oficina pero algo me impulsó a mentirle en ese momento.

Pero había algo que deseaba más que nada en el mundo y era verla bailar sin tener que esconderme de ella, admirar sus gráciles movimientos con total libertad.  Eso era lo que deseaba.  Y lo conseguí.

Esa noche comenzó nuestra historia…

Los siguientes meses fuimos inseparables, la observaba practicar a diario y ella asistía a mis clases.  Solía acompañarla a su casa luego de que terminara sus ensayos.  Salíamos juntos y no tardó mucho en que me diera cuenta de lo enamorado que estaba de Sakura y que también ella lo estaba de mí.

Como un adolescente al igual que ella nos besábamos a escondidas en los pasillos del estudio, nos dejábamos mensajes secretos en nuestros casilleros y nos llamábamos a menudo.  Mí novia.  Sakura era mí novia y la mujer que había robado mí corazón ¿quién lo hubiera dicho?

Pero no todo en nuestro mundo era completa alegría.

¬–Me estás metiendo en problemas Sasuke –debía darle crédito a Naruto, tal vez en ésta ocasión tenía razón.

–Hmp…

Aun que… que lo admitiera para mí mismo no quería decir que lo hiciera frente a él.

–¿Podrías decir algo más aparte de ese estúpido monosílabo?

Claro que podía, pero lo que tenía para decirle no le iba a gustar nada… y solo para hacerlo enojar debería decírselo…

–Los padres de Sakura quieren que te eche –continuó, al ver que yo no le diría nada– pero es algo que definitivamente no haré.

–Gracias.

Naruto suspiró, como si le costara mucho decir lo que tenía que decir.  Estaba sentado detrás de su escritorio usando su atuendo normal de un día de trabajo; camisa sin mangas naranja y un pantalón de buzo negro con franjas naranja a los lados.  Yo vestía de igual manera, solo que todo mí atuendo era en negro y las franjas de mí pantalón eran en gris.

–Tienes dos opciones –me dijo en un tono serio que utilizaba pocas veces– o terminas tú relación con Sakura o convences a sus padres de que no eres un depravado sexual que solo quiere acostarse con su hija.

La respuesta era simple…

–Convenzo a sus padres.

Nunca antes había estado tan determinado en hacer algo.  Mí principal objetivo era convencer a los padres de Sakura y hacerles ver que nuestra relación era seria y no un simple juego.

Me reuní lo antes posible con los señores Haruno, hablamos y nos sentamos a negociar como personas civilizadas hasta que llegamos a un acuerdo.  Horas de visita, salidas cronometradas y niñeras cada vez que la acompañaba en su casa.  Nos estaban tratando como niños pequeños…pero con tal de estar con Sakura todo valía la pena.

Sin embargo, nuestra relación estaba destinada a tratar de superar incontables obstáculos… en ese momento no sabía qué tan certeros eran mis pensamientos.

–Sasuke-kun no me quiero ir –el día en que escuché esas palabras casi me desmorono por dentro– no quiero mí beca si no puedo estar contigo.

La tomé en mis brazos y la sujeté con fuerza contra mí cuerpo.  Esa tarde la había llevado a la playa, a un lugar escondido del que nadie sabía y que descubrí por casualidad cuando tenía la edad de Sakura.  Un pequeño pedazo de arena al que solo se tenía acceso entrando por una cueva que solo era levemente visible cuando la marea era baja.  Con enormes paredes de rocas a nuestro alrededor, la luz del sol nos entraba desde la cima descubierta, habían pequeños corales adornando el lugar y una ligera cantidad de vegetación.

–Eso no pasará Sakura –le aseguré mientras besaba su frente– encontraremos la manera.

La besé con toda la pasión de la que era presa en ese momento y fui correspondido de la manera más dulce.  Nos tendimos sobre la manta que había llevado y la hice mía por primera vez.

Los meses continuaron su curso y con ellos se acercaba peligrosamente la fecha en que se llevarían a Sakura a Tokio para sus estudios avanzados en ballet.  Así que sin ánimos de perderla una tarde me reuní con su familia para atarme la soga al cuello…

–Deseo casarme con Sakura.

La expresión de todos fue un poema… pero la única que reaccionó con un grito y un muy bien venido beso fue ella, mí bailarina.

–¿Estás loco? –Había dicho su madre– está por cumplir los diecisiete años, es una niña.

–¡No lo soy! –Había protestado Sakura indignada– ya soy una mujer.

–Mantén la boca cerrada jovencita –advirtió su padre con severidad– y si piensas hablar controla tú tono.

El puchero que había echo fue tan hermoso que me provocó besarla, pero definitivamente no podía… al menos no frente a sus padres.

–Es una petición muy seria la que vienes hacer –habló el padre– ¿Estás consciente de que podrías arruinar el futuro de Sakura? Ella tiene una beca para estudiar en Tokio.

–¿No pretenderás que abandone sus sueños para casarse contigo o sí? –Atacó la madre antes de que yo pudiera decir nada– solo un hombre egoísta pondría sus sueños antes que los de su pareja.

–¡Yo me casaré con él! –Se escuchó la afirmación de Sakura– yo amo a Sasuke mamá y dejaré todo si con eso consigo estar a su lado.

¬–Pero hija…

–No hay necesidad de eso señor y señora Haruno –dije interrumpiendo las palabras de la madre de Sakura– mí familia es de Tokio, hablé con mí hermano y él todavía conserva mí viejo departamento –el rostro de Sakura se iluminó con mí noticia– además uno de mis viejos amigos me dará trabajo en su empresa de diseño, dar clases de baile no es lo único que sé hacer.

Ante esto no hubo nada qué decir.  La insistencia de Sakura fue tal que sus padres no tuvieron más opción que aceptar nuestra inminente boda.

Un mes después de su cumpleaños número dieciocho nos casamos y ese mismo día nos trasladamos a vivir a Tokio.

Éramos felices.  Sakura asistía regularmente a sus clases de danza clásica y yo trabajaba todo el día.  Por las noches nos reuníamos en nuestro departamento y hacíamos el amor hasta no poder movernos más.  Dormíamos abrazados el uno al otro, respirando el mismo aire, dándonos calor.  Fue nuestra mejor época.

Hasta esa fatídica tarde…

La víspera de nuestro cuarto aniversario de bodas Sakura conducía rumbo a nuestra ciudad natal.  Sus padres deseaban hacerle una pequeña celebración por su cumpleaños número veintidós y claro está, por nuestros años de casados.

Por motivos de trabajo yo no podía irme con ella, así que le pedí que me esperara, que viajáramos juntos el mismo día de nuestro aniversario.  La fecha caía viernes y tendríamos el fin de semana para los dos, el domingo podríamos regresar a Tokio sin problema, juntos, sin tener que llevar ambos autos.  Pero ella era necia, discutimos como nunca lo habíamos echo antes y se fue sin esperarme.

–Espero que mañana estés de mejor humor –fueron sus últimas palabras para mí.

Yo por mí parte no le dije nada.

El clima era espantoso, llovía torrencialmente y la carretera era poco visible.  Sakura no vio el tráiler que venía en sentido contrario hasta que fue muy tarde.

Luego del accidente la trasladaron al mejor hospital de Tokio en condición delicada.  Sus padres se reunieron conmigo allí.  Y en ese lugar fue donde nos enteramos del secreto que guardaba mí pequeña esposa.

–Tiene ocho semanas de embarazo –había dicho el médico a cargo dejándonos a todos en shock– la tenemos bajo control, pero está en coma.

Sus palabras nos robaron el aliento.  El bebé se había salvado de milagro pero Sakura no despertaba y no se sabía si lo haría alguna vez.

–La podemos mantener estable hasta el término de su embarazo –dijo informándonos acerca de las opciones– pero si no despierta luego del nacimiento de la criatura me temo que tendremos que desconectarla.

Desconectarla…

Esa palabra atormentaba mis pensamientos.  ¿Cómo podía quedarme sin mí corazón? Por que eso es lo que Sakura era para mí.  Mí corazón.  Mí alma.  El aire que respiraba.  Mí razón de vivir.

Decidimos que el embarazo de Sakura debía continuar aunque ella estuviera sumida en sueños.  Todos conservábamos la esperanza de que despertara… algún día.

Su habitación era la 707.  Procuraba visitarla todos los días sin falta, solía leerle libros y llevarle tulipanes.  Eran sus favoritos.

–Es él –escuché el murmullo de una de las enfermeras– El Príncipe Azul de la habitación 707.

Ese tipo de habladurías ya eran parte de mí vida cotidiana, así que cada vez que las escuchaba simplemente las ignoraba y seguía con mí camino.

A los pocos meses de estar ingresada Sakura en el centro hospitalario el personal que la atendía comenzó a llamarla “La Bella Durmiente” y por ende yo terminé siendo su príncipe.  Pero no me sentía como tal.  Mí silencio en nuestra última discusión me atormentaba lacerando la herida en mí corazón.  Me sentía devastado.

Los mese fueron pasando y el día en que nació mí hija por fin llegó.  Una hermosa bebita de cabellos rosa y ojos verde grisáceo, piel pálida y hermosa sonrisa.  Saki fue el nombre que le di por que significa esperanza, deseo, anhelo.  Y eso es lo que yo guardo celosamente en mí interior.  La esperanza, el deseo y el anhelo de que su madre se recupere.

Pero a pesar de todo Sakura no despertó.

Los años pasaron y crié a Saki por mí cuenta.  Solo.  Como siempre había estado.

Los sueños me atormentaban cada noche con imágenes del pasado, recuerdos de los mejores momentos al lado de mí Sakura.  Sus besos, sus caricias en mí piel, el roce de su cuerpo contra el mío.  Añoraba esos momentos más que a nada en ésta tierra y los atesoraba con fervor.

Los años transcurrieron, la vida siguió su curso y yo tuve que hacer lo mismo.  Nuestra hija tenía cuatro años ya y mí Sakura seguía encerrada en la profundidad de sus sueños.  Con grandes esfuerzos había logrado mantenerla con vida pues los médicos se negaban a eso; ellos habían perdido la esperanza de que despertara pero yo la mantuve… hasta el día en que ella cumplía veintiocho años…

–Es imposible mantenerla con vida por más tiempo Uchiha-san –fueron las palabras exactas del médico.

Me retiré a mí casa con un nudo en la garganta, la desconectarían de todos los aparatos en dos días y yo podía sentir como mí alma empezaba a morir de antemano.

Me negaba a perderla, pero ¿qué podía hacer? Sakura no despertaba y era inadmisible seguir manteniéndola con vida.  Debía aceptar su pérdida y continuar adelante.

El tiempo desapareció de tal manera que los dos días llegaron en menos tiempo de lo que yo realmente deseaba.  Esa mañana llevé a Saki conmigo al hospital para que se despidiera de su madre.  Para decirle adiós a la mujer que nunca conoció realmente.

–¿Ya supiste? Hoy es el último día del príncipe en el hospital –los comentarios iban y venían, carcomiéndome por dentro.

–A La Bella Durmiente la van a desconectar –un susurro más en los pasillos, una herida más en mí alma.

–Dicen que la princesa nunca la conoció –y eso era lo que más me dolía, que Saki nunca conoció realmente a su madre… y ya no lo haría.

Entramos juntos en la habitación 707, que tan bien conocíamos.  Senté a Saki en la orilla de la cama para que pudiera acariciar el rostro de su madre y besarla por última vez.  La escena formó un nudo en mí estómago.

–Te quiero mamá –le dijo con lágrimas en los ojos– y no quiero que nos dejes.

Mis propias lágrimas pugnaban por salir pero las retuve.  Debía ser fuerte por mí hija, si me derrumbaba ahora sería imposible para mí el reponerme.

–Te hice éste dibujo –la vi desdoblar una hoja de papel donde había dibujado un retrato de los tres juntos, tomados de la mano bajo la luz de un brillante sol– quiero que despiertes mamá…

Sus lágrimas se derramaron de manera abundante y se aferró a Sakura con tal fuerza que pensé que no la soltaría jamás.  Una diminuta gotita salada corrió desde mi ojo derecho hasta la mandíbula.  Mí corazón se apretó con tal fuerza que no supe si podría seguir resistiendo.

Hasta que lo impensable pasó.

La mano de Sakura que yo mantenía entre las mías se apretó, sus bellos jades se abrieron a la luz nuevamente, obsequiándonos el mejor regalo de todos.

Su vida.